Entender la manera en que las relaciones sociales se estructuran, particularmente las relaciones desiguales de la obediencia y la dominación que justifican la autoridad y la naturaleza de la obligación política, ha sido uno de los esfuerzos constantes del pensamiento humano. Sostenemos que Michel Foucault ha ofrecido una contribución decisiva para una comprensión mejor de estos fenómenos sociales. En la primera parte de este artículo examinamos algunas características del concepto de poder de Foucault. En la segunda parte seguimos las transformaciones que este concepto sufrió en su trabajo. |
Introducción
Desde que nace, el ser humano vive en un entramado de relaciones de poder. Estas relaciones aparecen en todos y cada uno de los ámbitos en que la persona se desenvuelve, sean públicos o privados, y son una constante en juego de la cotidianidad. El poder es lo que pulsa toda relación.
Detenerse a deliberar sobre el concepto poder es pensar en Foucault casi como un sinónimo, es recordar su obra Vigilar y castigar porque describe la sociedad moderna rígida y la forma en que ésta construye sujetos modernos, con marcas y heridas que obedecen a una cultura.
La sociedad se encarga de disciplinar a través de una tecnología de control y vigilancia capaz de codificar y marcar uno a uno todos los cuerpos, sin descanso, día y noche, desde el nacimiento hasta la muerte; donde sea, aquí y allá, en todos y cada uno de los espacios por donde circula el sujeto.
En éste y en cuantiosos sentidos el pensamiento de Foucault continúa vigente, abre nuevas rutas de reflexión: “El poder no es sólo una cuestión teórica, es algo que forma parte de nuestra experiencia”, que en palabras de Bourdieu sería el habitus.
A lo largo de su labor filosófica y de reflexión, Michel Foucault se pregunta quiénes somos, cómo y mediante cuáles mecanismos hemos sido configurados en nuestros pensamientos, en nuestros cuerpos, ritmos y gestos; en nuestros afectos, sentimientos y sensaciones; con qué formas se elaboró nuestra sensibilidad… Su intento de respuesta tendió, más que a descubrir lo que somos, a rechazar el tipo de individualidad que nos han impuesto desde siglos.
Un concepto concebido por Bourdieu como el principio generador de las prácticas sociales, el habitus, destraba el problema del sujeto individual al constituirse en el lugar de “incorporación” de lo social en el sujeto, lo que permite colocar al centro de la reflexión una subjetividad modelada, configurada y enmarcada por un conjunto de estructuras sociales objetivas de carácter histórico que el sujeto incorpora de acuerdo con el lugar social que ocupa en dicha estructura.
Bourdieu propone que el habitus es un conjunto de disposiciones lógicas y afectivas. Su teoría abre la posibilidad de entender la negociación entre sujetos históricos y situados, y las estructuras que los han formado como tales, negociación que se verifica en la práctica, es decir, en la puesta en escena de los valores y saberes incorporados (el habitus) que se enfrentan a su pertinencia y validación en la situación social en la que éstos son desplegados.
En efecto, el hombre se mueve en diferentes campos, en los cuales incorpora saberes y valores que se traducen en el habitus, que, a juicio personal, lo adquiere a través de dos instituciones: la familia y la escuela; ambas contribuyen a la formación del sujeto a partir de una trama instituida bajo un régimen estructurado, el Estado. Esto se observa a lo largo de la historia en diferentes culturas, lo que induce a reflexionar que la educación y otras instituciones surgen de la lucha de relaciones de conocimiento, política y de producción, por lo que se puede argumentar que el sistema capitalista, que se consolida en el siglo XVIII, trae consigo una serie de experiencias y que parte de repartirse el mundo, es decir, las tierras y los humanos, para imponerse.
Los científicos lucharon contra el predominio del principio teológico que constituía el orden feudal, al tiempo que convivieron, desde el Renacimiento en el siglo XV y XVI, con la filosofía, la religión, la masonería, la astrología, la metafísica y lo esotérico. Esto es una muestra de poder, sólo basta hacer un recorrido por la historia, contextualizarla y observar que el poder y el control siempre están presentes, que según el sistema político y económico que rija esta etapa serán las normas que se establezcan, y de esta manera se verá cómo el ser humano siempre ha estado sometido por el ser humano.
A lo largo del periodo feudal aparecen las castas, lo que da lugar a la discriminación debido a las diferentes etnias. En cuanto a las clases sociales y las clases gobernantes, unas a otras se someten, prima el poder del conocimiento, el poder económico y desde luego el político, que tiende sus redes al campo educativo. Al respecto del funcionamiento del poder en la sociedad, Michael Foucault considera que cada época cultural posee un código fundamental, un orden, configuraciones que adopta el saber –que Foucault llama episteme–, lo que se dice y se calla en aquella cultura, y sobre cuyo fondo se elaboran, piensan e interpretan los objetos (a priori histórico).
Sociedad disciplinaria
Foucault sitúa a la Europa de finales del siglo XVIII y principios del XIX como el momento de una nueva sociedad, la disciplinaria, que se convierte en la forma más difundida de dominación. Antes existían otras formas de ejercicio de la dominación:
• Esclavitud: instalada sobre una relación de apropiación de los cuerpos.
• Domesticidad: fundada a partir de una relación de dominación “constante, global, masiva, no analítica, ilimitada y establecida bajo la forma de la voluntad singular del amo, de su capricho”.
• Vasallaje: a través de una relación de sumisión en extremo codificada, “que atañe menos a las operaciones del cuerpo que a los productos del trabajo y a las marcas rituales del vasallaje”.
• Del ascetismo o las de tipo monástico: que se conforman para garantizar privaciones, y aunque implica la obediencia a otros, su objetivo es el de aumentar el dominio de cada cual sobre su propio cuerpo.
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Michel Foucault (1926-1984).
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Foucault interpretó el aspecto de la iluminación del panóptico como manifestación de la razón ilustrada en oposición al oscurantismo escolástico, contrarreformista y barroco, para olvidar que si las celdas o las paredes de las fábricas eran transparentes en el ideal panóptico, no era para que “entraran las luces de la razón”, sino más bien, para no perder ni un segundo de producción y control, en una época en la que todavía no se podía perforar los cuerpos opacos con cámaras de televisión.
Así encontramos que por encargo de Jorge III, Jeremías Bentham participó en la reforma del sistema penitenciario. Para ello ideó un tipo de cárcel revolucionaria: el panóptico, en el cual el oscuro y frío calabozo tradicional era sustituido por unas celdas de paredes transparentes en función de un determinado ideal de economía de la vigilancia: un solo vigilante real debía bastar para mantener el orden en cada fábrica o en cada penitenciaría. Jeremías Bentham, con este modelo de vigilancia social, construye la idea a partir de una metáfora de la sociedad denominada panóptico: forma arquitectónica que permite un tipo de poder del espíritu sobre el espíritu, una especie de institución que vale tanto para las escuelas como para los hospitales, las prisiones, los reformatorios, los hospicios o las fábricas.
El panóptico era un sitio en forma de anillo en medio del cual había un patio con una torre en el centro. El anillo estaba dividido en pequeñas celdas que daban al interior y al exterior, y en cada una de las celdas había, según los objetivos de la institución, un niño aprendiendo a escribir, un obrero trabajando, un prisionero expiando sus culpas, un loco actualizando sus locuras… eran el perfecto blanco del poder. Con la metáfora del panoptismo, Foucault intenta apuntar al conjunto de mecanismos que operan en el interior de todas las redes de procedimientos de los que se sirve el poder. El panoptismo es una invención tecnológica en el orden del poder, como la máquina de vapor en el orden de la producción, y su invención tiene la particularidad de que en un principio se usa en niveles locales: escuelas, cuarteles, hospitales, etc. Julia Varela señala:
| El concepto de poder disciplinario, de técnicas disciplinarias, le permite observar que existe una lógica común de funcionamiento en distintos espacios, en distintas instituciones, ya sean éstas médicas, escolares, militares.1 |
Foucault es capaz de conectar los microprocesos con otros cambios sociales de carácter general gracias a la elaboración de conceptos mediadores.
El desarrollo del trabajo de Foucault sobre las prácticas disciplinarias puede entenderse como una investigación sobre la génesis del individuo, la formación de un sujeto específico, el individuo del liberalismo económico. En este sentido, al igual que Varela, considero que Foucault conecta con los clásicos de la sociología en su intento de explicar la individualización. Y aunque hemos visto con Norbert Elias (1939) una sociedad disciplinaria, panóptica, que tiene como objetivo central formar cuerpos dóciles, susceptibles de sufrir modificaciones, se instala, entonces, como rasgo característico de la modernidad, a través de tres operaciones:
a) La vigilancia continua y personalizada
b) Mecanismos de control de castigos y recompensas
c) La corrección como forma de modificación y transformación de acuerdo con las normas prefijadas.
La vigilancia en el panoptismo desempeña un rol destacado, dado que no se ejerce sobre los individuos conforme a lo que se hace, sino a lo que se es o a lo que se puede hacer. La vigilancia tiende cada vez más a individualizar al autor del acto, deja de lado la naturaleza jurídica o la calificación penal del acto en sí mismo. En este sentido, Foucault habla de la arquitectura de la vigilancia que haga posible que una única mirada pueda recorrer el mayor número de rostros, cuerpos, actitudes y la mayor cantidad posible de las celdas; así, la tarea principal que le compete a la vigilancia es “vigilar a los individuos antes de que la infracción sea cometida”, por eso se la simboliza con un ojo siempre abierto.
El individuo pertenece a un grupo y el grupo se desenvuelve en las distintas instituciones que conforman la sociedad disciplinaria, como la prisión, la escuela, el hospital, la fábrica y otras. Tales instituciones son denominadas por el autor como estructuras de vigilancia y todas tienen un fin común: el fijar o vincular a los individuos a un aparato de normalización de los hombres; un objetivo basado en ligar al individuo al proceso de producción, formación o corrección de los productores, que habrá de garantizar la producción y a sus ejecutores según una determinada norma y un efecto común, que es la exclusión del individuo.
Foucault afirma, pues, que en esta sociedad del siglo XIX el cuerpo adquiere una significación diferente y deja de ser aquello que debe ser atormentado para convertirse en algo que ha de ser formado, reformado, corregido, en un cuerpo que debe adquirir aptitudes, recibir ciertas cualidades y calificarse como cuerpo capaz de trabajar. Es importante desatacar que, más allá de que todas las instituciones que conforman esta red son especializadas, el funcionamiento de cada una supone una disciplina general de la existencia que supera las finalidades para las que fueron creadas.
Por otro lado, Michel Foucault y Gaston Bachelard, ambos de origen francés, fueron pensadores que estudiaron el poder, el conocimiento y la verdad. Foucault, que en sus inicios fue un estudioso de la historia de las ideas, muestra cómo el saber científico se difunde, da lugar a conceptos filosóficos y toma forma en obras literarias; pero además, enseña cómo unos problemas, unas nociones, unos temas pueden emigrar del campo filosófico en el que fueron formulados hacia el ámbito científico o político, y se convierten en discursos.
Podemos decir que este intelectual siempre luchó por reencontrar nuevas formas individuales y colectivas de poder que permitieran un redimensionamiento de sus formas habituales de realización.
Gaston Bachelard estudia la categoría de verdad, que considera como la base de las teorías del conocimiento y según la cual las verdades producidas por la ciencia se establecen a lo largo de un proceso. Tal afirmación se puede constatar con una simple investigación empírica en la historia de la filosofía. Esto recuerda a Galileo Galilei, hombre de ciencia, clave en la revolución científica y eminente hombre del Renacimiento (1564-1642), quien tenía su verdad y por defenderla fue condenado por la Iglesia, que en ese momento tenía el control, el poder absoluto sobre la ciencia, y nadie podía contradecir esa verdad.
Poder
En el estudio del poder, Foucault diverge de la idea de que el poder deba entenderse como algo intrínseco al aparato del Estado, el cual dependería de un modo de producción que sería su infraestructura. Por el contrario, destaca que el poder no es una mera sobrestructura, es decir, que toda economía supone unos mecanismos de poder intrínsecos a ella, a pesar de que es posible hallar correspondencias, en cierto sentido estricto, entre un modo de producción que esgrime algunas necesidades y un conjunto de mecanismos que se ofrecen como solución.
El poder actúa por medio de mecanismos de represión e ideología; además, manifiesta que ambas no son más que estrategias extremas del poder que en modo alguno se contentan con excluir o impedir, o hacer creer y ocultar. En cambio, sostiene que “el poder produce a través de una transformación técnica de los individuos […], el poder produce lo real”.2
Foucault se refiere a los saberes tecno-científicos, que considera la nueva episteme de la razón técnica que orienta el orden del poder político establecido en las sociedades capitalistas y sus relaciones de producción; que permite que las relaciones sociales giren sobre un centro de poder hegemónico que terminan en el caso del nazismo-fascismo.
Escuela y familia
Escuela y familia se encargan de formar al sujeto desde su infancia y son responsables hasta que éste se hace adulto y puede insertarse en el campo de trabajo. Pero esto representa en promedio de 18 a 23 años de su edad, ruta en la que aprende y aprehende que existen diferentes dimensiones de poder.
La familia aparecerá como repetidor fundamental del gobierno. En el momento en que la población aparece como algo completamente irreductible a la familia, de repente, esta última pasa a un segundo plano. La familia ya no será un modelo sino un segmento. O dicho con otras palabras, de modelo se transformará en instrumento.
Dichas instituciones se enmarcan en un tipo de transmisión intergeneracional, que cumple un rol importante en la constitución de la infancia como “el sujeto del futuro”. Aquí es donde aparece el concepto de habitus,3 que permite pensar que los modos de desarrollo de la infancia en las sociedades no pueden sino ser pensados desde las estructuras estructuradas y estructurantes en las que se inserta. En este sentido, entendemos que la constitución de la infancia se relaciona con dos temporalidades: “la del niño como un cuerpo en crecimiento y la de la sociedad en la que se constituye como sujeto”, de acuerdo con Carli.4
En este análisis histórico-educativo se observa cómo el sujeto forma parte de la cadena de las generaciones culturales representadas a sí mismas. Sistematizar de manera global los cambios en los modos de concepción y representación de la infancia no puede ser pensado sino desde las modificaciones en los modos de representación colectivos de las sociedades modernas y contemporáneas.
Si se dice que el hombre es el sujeto del futuro, se debe a que desde la infancia se domestica para actuar en sociedad, en la que están presentes tanto la educación formal como la informal, vigiladas por otras instituciones internacionales, y si no se las respeta hay un castigo.
Su vida transita en campos o espacios que se superponen unos y otros, en un marco que va de lo micro a lo macro; permanecen en un juego constante que va de lo político a lo económico y social.
El examen
En el espacio público representado por la escuela, el sujeto se enfrenta al poder del maestro, conoce la dominación del Estado a través de los exámenes; es un espacio que lo califica y lo descalifica según el caso, que lo compara con los demás y lo exhibe como triunfador o fracasado. El sistema educativo vigila al individuo mientras sigue su trayectoria como un número más de sus estadísticas.
El poder disciplinario, como hemos visto, se incardina en el cuerpo y en el espacio, en el tiempo y en las actividades, para así adiestrar a los sujetos, formarlos, hacerlos dóciles y seriados. La figura mayor en la que se pone de manifiesto el poder disciplinario es el examen, no sólo el pedagógico, sino también el médico, el militar o el psicológico. La exploración, el escrutinio, la interrogación son inseparables del despliegue disciplinario del poder:
| El ejercicio del poder disciplinario está íntimamente ligado al examen, a un tipo determinado de observación, de cuantificación, de regularización. Y en función de cómo pasen los exámenes ocuparán diferentes puestos dentro de un espacio seriado, jerarquizado.5 |
Foucault (1976) señala que en el examen se condensan las dos operaciones fundamentales del poder disciplinario: la sanción normalizadora y la vigilancia jerárquica. El poder disciplinario tiene, por tanto, la capacidad de comparar, separar, jerarquizar, normalizar a los sujetos. Para Foucault, la individualización y la masificación constituyen las dos caras de la misma moneda y son resultado de la actuación de un tipo determinado de poder. A través del examen se confiere también a los sujetos una naturaleza determinada, una naturaleza individualizada. Los exámenes permiten clasificar a los sujetos: uno da la talla, otro no la da; uno es inteligente, el otro un poco tonto; uno está loco, el otro es normal; uno está enfermo, el otro sano… Como resultado de los exámenes a los sujetos se les confiere una naturaleza individualizada.
Lo anterior hace recordar los textos de Platón en La República, en donde dice:
| Dios […] ha puesto oro en aquellos que son capaces de gobernar, plata en sus auxiliares, y hierro y cobre en los campesinos y las demás clases productoras. Estos metales son hereditarios y constituyen las características de la raza.6 |
En este pasaje en que Platón introduce, vacilante y por primera vez, su doctrina racial, contempla la posibilidad de que los hijos nazcan con una mezcla de otros metales distintos de los de sus padres, y enuncia la siguiente regla: si en una de las clases inferiores “los niños nacen con una mezcla de oro y plata, ellos serán… designados guardias y […] auxiliares”.7 Esto forma parte de la educación y la política ejercida en la Grecia de Platón.
De todas las instituciones de que Foucault se vale para ejemplificar su discurso, nombra la escuela:
| La pedagogía se constituyó igualmente a partir de las adaptaciones mismas del niño a las tareas escolares, adaptaciones que, observadas y extraídas de su comportamiento, se convirtieron en seguida en leyes de funcionamiento de las instituciones y forma de poder ejercido sobre él. |
Dentro de las instituciones de secuestro, Foucault califica el poder como económico, político, judicial y epistemológico. Este último es entendido como un poder de extraer un saber de y sobre estos individuos ya sometidos a la observación y controlados por estos diferentes poderes.
Existen varios saberes, por un lado en el ámbito general, el que es extraído del comportamiento de los individuos, dado que del poder que es ejercido sobre éstos es de donde se extrae un saber. Y por el otro, en un ámbito más particular tenemos el saber tecnológico que se forma de la observación y clasificación de los individuos, del registro, análisis y comparación de sus comportamientos, y el saber de observación calificado como clínico.
Dentro del poder, el autor identifica el subpoder como una trama de poder político microscópico, capilar, capaz de fijar a los hombres al aparato de producción, conjunto de pequeños poderes e instituciones situadas en un nivel más bajo.
En la primera etapa de su vida el hombre transita el espacio familiar, donde conoce la dominación de los padres que ejercen su poder con vigilancia y castigo, un espacio privado que sólo él conoce, cuyo escenario puede ser representado por el autoritarismo, que se traduce en miedo al padre o a la madre, quienes lo ejercen a través de gritos, golpes, insultos que dañan psicológicamente y dejan profundas huellas que, como señala Foucault, se reflejan y se reproducen en la edad adulta, y de ahí un círculo vicioso, porque el hijo golpeado será un padre golpeador.
La autoridad ejercida por los padres en el núcleo familiar se ve representada por la comunicación entre padre e hijo, que establece las normas de conducta a seguir en la vida diaria, con buenos modales, a través de sentimientos positivos, que deja de lado la violencia y que pretende que sea un ciudadano seguro, capaz de entender a los demás al establecer relaciones favorables en los diferentes espacios donde transita: privado y público.
El vacío de poder puede ser más grave que el autoritarismo porque el niño crece en el abandono, rodeado de la soledad, lo mismo en una torre de marfil que en la calle, no hay quien lo guíe, lo eduque, no hay quien le dicte las normas establecidas por la sociedad.
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| En el espacio público representado por la escuela, el sujeto se enfrenta al poder del maestro. www.mexecri.org |
La sociedad moderna viene sufriendo transformaciones provocadas por los intereses sociales, económicos y políticos, cambios que se observan desde los años 60, cuando la mujer mexicana comienza a jugar un doble papel: trabajar en la casa y enfrentarse al campo de la fuerza de trabajo. Es necesaria su aportación económica, la del hombre no basta, lo cual repercute en que los hijos pierden la figura de autoridad y comienza el vacío de poder suplido por los medios de comunicación.
Ahora el niño no cree lo que le dice la madre o el padre, sólo tiene la verdad absoluta de la televisión. Para los niños es el modelo a seguir. Los padres y los maestros no han tomado en cuenta que los medios invaden su espacio privado, como dijera Guillermo Orozco, estudioso de las audiencias y de la recepción de los mensajes televisivos.
Los padres y los maestros les dan la espalda a los medios de comunicación, sin ver que son la caja de pandora, de cuya oferta los niños y jóvenes aprenden, pero bien dijo en los años cuarenta Wilbur Schramm que la televisión sería reproductora de la violencia, porque el adolescente pondría más tarde en práctica lo que aprendió de niño. Sin embargo, esta advertencia en su libro Comunicación humana se ha visto ignorada por la sociedad, que a la fecha no hace nada al respecto y deja que los medios ejerzan su poder indiscriminadamente.
Al llegar a la edad adulta el hombre se tiene que enfrentar al campo de trabajo; a veces cuenta con capital académico incorporado, en función del ámbito donde se haya desarrollado, y lo logra si los padres le dieron un hogar de calidad, sin embargo, no siempre ocurre, pero los padres exigen calidad a la institución educativa. Lo ideal sería que ambos espacios trabajaran en conjunto para lograrlo, así la sociedad sería otra.
Pero es aquí en el campo de trabajo donde el hombre adulto se enfrenta al poder del jefe, donde se repite otra vez el autoritarismo, la autoridad o el vacío de poder, lo que causa conflictos entre ambas partes. El obrero, despojado de un capital cultural, se enfrenta al poder del capataz; por su ignorancia tiene que someterse y soportar ser sojuzgado, pues debe cumplir con las exigencias que le demanda su hogar de acuerdo con lo marcado por la ley de dar a su familia vestido, alimento y un lugar donde vivir, siempre temeroso de que si habla o se defiende lo corran.
Como se ve, el poder cae en el campo político y económico, donde se dan las relaciones de trabajo estudiadas por Marx Weber y Carlos Marx. La política en los centros de trabajo se da –dice Mauricio Municio– porque el trabajador no logra tener satisfechas sus necesidades básicas, lo que se traduce en conflictos laborales que llegan a estallar en huelgas en la mayoría de los casos. Un trabajador con capital cultural o sin él se dedicará a trabajar cuando no está pensando en los problemas que tiene que resolver en su casa, en eso no han reparado los dueños de las empresas, o bien, otras instituciones; dicha situación es generadora de las luchas de poder en constante confrontación, y esto se podrá evitar cuando se alcance una vida de calidad.
Pero aquí se hacen presentes una vez más los medios de comunicación, que reproducen estos conflictos sin ver qué consecuencias traerán, porque dan voz a la parte patronal –los trabajadores nunca aparecen–. Los medios son reproductores del sistema económico que se vive, de ahí que siempre veremos en los medios a los políticos inaugurando caminos, puentes, edificios, pero nunca al obrero, que forma parte del proceso productivo del país al aportar su fuerza de trabajo, o al ingeniero que dirigió la obra.
Trabajo
El trabajo ha sido considerado:
| […] un mecanismo estructurante de lo personal, pero evidentemente este proceso, en modo alguno, es el resultado espontáneo de un proceso evolutivo natural de nuestra especie. La modernidad industrial construye e instituye el trabajo asalariado como medio universal de transformación del viejo siervo al nuevo ciudadano.8 |
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El poder político hace reinar una paz en la sociedad, así como la guerra.
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El trabajo también tiene su historia de castigos y vigilancia pero no haremos un análisis de ello, sólo se abordará lo que a juicio se considera importante para los fines de este artículo.
Los estudios sobre el trabajo constituyen un espacio fructífero en la actualidad. Los desarrollos marxistas y posmarxistas, la cantidad de investigaciones que se han hecho desde el feminismo sobre el empleo como espacio de discriminación hacia las mujeres, los discursos dentro del mundo de la gestión organizacional y sus cambios, toda la trayectoria de la sociología y la psicología social del trabajo son los más significativos actualmente, podríamos decir.
El tipo de economía contemporánea necesita una nueva subjetividad, un sujeto flexible y autónomo que sea capaz de responder al cambio constante en el trabajo, a los sueldos y a un estilo de vida en constante inseguridad. Es este sujeto flexible el que negocia y tiene éxito, aprendizaje continuo; proyecto reflexivo de sí. Estos tiempos sugieren la necesidad de un sujeto que se autoinvente continuamente. Ya no se tiene una base industrial grande que funcione como pivote para la comprensión de estratificación social en las divisiones de clase. Por eso el mantenimiento del orden necesita del sujeto autorresponsable. Todo ello propiciado por counselling. Por tanto, el fracaso se entenderá siempre como un fracaso personal.9
Conclusiones
Las relaciones de poder tal como funcionan en una sociedad como la nuestra se han instaurado bajo una determinada relación de fuerza establecida en un momento preciso localizable de las relaciones humanas.
El poder político tendría el papel de reinscribir esta relación de fuerza mediante una especie de guerra silenciosa, de inscribirla en las instituciones, en las desigualdades económicas, de inscribirla en el lenguaje, en los cuerpos de unos y de otros.
El poder político también hace reinar una paz en la sociedad, así como la guerra. Dentro de esta paz, los enfrentamientos deben ser interpretados como la continuación de la guerra, episodios y fragmentos de la guerra misma.
El trabajo de Foucault se inscribe dentro del esquema lucha-represión. En las genealogías que realizó en la historia del derecho penal, la del poder psiquiátrico, etc., trató de mostrar cómo los mecanismos que se ponían en funcionamiento en esta formación del poder eran diferentes, mucho más que represión, estudios psicológicos que se pueden colocar en cualquier situación de la vida cotidiana del ser humano.
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2 M. Foucault, Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, Alianza/Materiales de Estudios y Publicaciones, Madrid, 2001, p. 11.
3 P. Bourdieu, La distinción, Taurus, Madrid, 1998.
4 S. Carli, Niñez, pedagogía y política. Transformaciones de los discursos acerca de la infancia en la historia de la educación argentina entre 1880 y 1955, Miño y Dávila, Buenos Aires, 2002.
5 J. Varela, “El modelo genealógico de análisis. Ilustración a partir de Vigilar y castigar de Michel Foucault”, en E. Crespo y C. Soldevilla (eds.), La constitución social de la subjetividad, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2001, p.124.
6 Platón, La República, 415 a.C., Alianza, Madrid, 1997.
7 Idem.
8 J M. Blanch, Trabajo y experiencia social, Universitat Oberta de Catalunya, Barcelona, 2001, p. 33.
9 Walkerdine, 2001; Beck, 1998; Sennet, 2000.
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