“...el uso culto del español en México
constituye un claro, rico y flexible reflejo
de la unidad hispánica...”
Luis Fernando Lara, El Colegio de México.
Si todavía es concebible la idea que sugiere la palabra “hispanidad”, no hay duda de que el idioma español es el patrimonio más común a los pueblos que constituyen esa importante porción de la ecumene.
Unos versos de Miguel de Unamuno contienen estos conmovidos y conmovedores conceptos:
[…] la sangre del espíritu es mi lengua,
y mi patria es allí donde resuene soberano mi verbo… |
¡Dilatada patria la que se ensancha por más de veinte países, y gran riqueza de compatriotas la de quien los cuenta hasta los seiscientos millones sobrados!
Extraordinarios son los recursos de difusión que en la actualidad se pueden aprovechar, y para que estén efectivamente al servicio de tan numerosa población se requiere disponer de una misma clave para cifrar –y descifrar– los mensajes; por suerte se tiene la norma culta del español, que es una en todos los países por los que se despliega el abanico de su amplio espectro, suficiente para satisfacer el apetito idiomático y los vuelos de la creación comunicativa, sin necesidad de caer en el retrogradante purismo.
Margarita Michelena ha sabido apuntar, con índice atinado, la “...necesidad inaplazable de contribuir a salvar el espíritu y la identidad nacional, cimentados en la lengua propia que, además, es la de muchos millones de hablantes que, por eso, integran con nosotros una vasta comunidad cultural, espiritual, social y humana cuyos intereses todos sólo pueden mancomunarse y defenderse por el conducto insustituible del idioma”.
El nacionalismo cultural, cuando está bien concebido, no propende a la disgregación, al aislamiento, sino a la integración, no sólo de sí mismo sino también con la cultura común a nacionalidades afines.
Las peculiaridades idiomáticas de cada componente de la gran comunidad hispánica son susceptibles de asimilación, según el uso que les dé la capacidad intracomunicativa del mundo hispanohablante; sumadas, despliegan un glorioso panorama de enriquecimiento léxico.
Los mexicanos deberíamos estar primero conscientes y siempre atentos a la responsabilidad que nos impone el hecho de que México sea el país de habla hispana más poblado y el que cuenta con más efectivos medios de difusión: con el respeto debido a las singularidades idiomáticas de circulación muy restringida o de limitado recibo, debemos fomentar la adopción de cualquier término que enriquezca nuestro acervo de signos verbales, no importa de qué lado del Atlántico o de la línea ecuatorial haya nacido, siempre que responda a la cepa, al genio y al “sabor” que, a partir del castellano y las otras hablas peninsulares, se ha venido sazonando en el mundo de largos cuatrocientos millones de prójimos –en veces no tan próximos– que hoy podemos todavía entendernos en un idioma que refleja la claridad del pensamiento al que corresponde.
Cada idiolecto está sustentado por la historia completa de la persona que con él se expresa; toda habla es manifestación actual de las experiencias vividas por la comunidad que en ella se entiende; en su lengua se cifra el acervo cultural de cada pueblo; el idioma es el testimonio del espíritu –la esencia– de toda nación. En el ascenso de esta escala, ¿por qué no aspirar a la sustentación del lenguaje que hermana a varias naciones?
Es fácil –aún– pergeñar una frase que pueda haber brotado de la inspiración de cualquiera que hable español, en Filipinas, por ejemplo, y que la entienda cualquier hispanoparlante, por ejemplo también, del Uruguay.
El respeto a las diferencias regionales no es incompatible con el hecho –todavía cierto– de que el español es patrimonio cultural común a todos los hispanohablantes, como prenda viva de un glorioso pasado histórico.