Aunque no se comprende muy bien cómo sucede, queda admiración por el hecho de que la matemática permita interpretar los fenómenos naturales, a los que parece dominar directamente. Y se tiene aún la impresión de que es natural que las fórmulas y las ecuaciones tiendan a transformarse en máquinas, en aparatos que superan al hombre en capacidad de trabajo, facilitándole posibilidades y recursos que parecen no tener fin.
Pero no es esto la mayor sorpresa. Antes se encuentra otra y consiste en el mismo nacimiento de las fórmulas, del lenguaje que hablan los símbolos, de las teorías que se encuentran detrás de las ecuaciones.
De ello está hecha la matemática, la cual es ciencia y no técnica: una ciencia con fin en sí misma, y que sólo de manera subordinada se preocupa de contribuir a estudios e investigaciones fuera del campo que le es propio, y donde sus especulaciones reciben la corroboración de las experiencias concretas.
Así, la matemática aparece como una obra de pensamiento puro, que tiene la belleza y la sugestión –a veces con valor estético– propias de toda construcción exclusivamente mental.
Traducir este pensamiento en fórmulas, en símbolos, en ecuaciones, es tarea propia del matemático profesional y se comprende que toda ciencia necesita de lenguaje técnico, reservado a tesis y sobre todo representa una notable economía de expresión. Pero conocer la matemática, o hacerse sólo una idea de ella, significa intentar penetrar el espíritu, la esencia, la estructura del pensamiento que le da forma; darse cuenta de la finalidad que se quiere alcanzar, de las orientaciones que se siguen. Y para ello es preciso combatir dos prejuicios: la opinión ampliamente extendida de que los matemáticos, por su invencible vocación, se ocupan siempre de problemas abstrusos y cuestiones difíciles; y la convicción que hace de la matemática algo fuera de los comunes intereses, extraño a cualquier cuestión palpitante.*
Luigi Campedelli ** |