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Correo del Maestro Núm. 151, diciembre 2008

El cambio debe empezar en los adultos

 

 

El cambio debe empezar en los adultos

edith gonzález beltrán
Ciencias de la educación
Ixtapaluca, Estado de México.

 

Al conversar con algunas mamás de la primaria donde estudian mis hijas, surgió una discusión acerca de la responsabilidad. Nuestros niños tenían que llevar dos cambios de ropa, incluidos zapatos y tenis; y había sucedido, frecuentemente, el olvido y extravío de los últimos. Las dos mamás con las que conversaba aceptaban que esto sucedía sólo a los niños “irresponsables”; por mi parte, argumentaba que eso no tenía nada que ver con la responsabilidad, o al menos no reflejaba la responsabilidad académica, que es la que, en todo caso, deben observar los niños en la escuela. Para mí, era complicarles la existencia con algo que no valía la pena.

Sin tener la razón ni unas ni otras, se concluyó que si se regaña a los niños cuando pierden las cosas lo van a pensar dos veces antes de volver a cometer el mismo error, “porque –comentó una mamá– así se aprende, equivocándose”. En conclusión, decían, había que hacerles las cosas difíciles para que fueran responsables. “Porque la vida es difícil y tienen que aprender a vivirla”. ¿Cómo llegaron a esta conclusión? Por su experiencia.

Venimos de un sistema tradicional en el que el castigo era la herramienta para el “aprendizaje”, por ello nuestra percepción de la realidad suele ser poco positiva.

Como dice Juan Delval en su artículo “La resistencia del cambio” (Revista de Psicología, upn-uas, Sinaloa, 1992, pp. 9-11), los adultos queremos que las nuevas generaciones sean mejores, pero que no nos desafíen; que tengan más oportunidades pero que escojan la que nosotros queremos.

Los adultos que estamos inmiscuidos en el proceso de
enseñanza-aprendizaje, sean padres, maestros o administrativos, tenemos miedo de reconocer que cabe la posibilidad de que la manera en la que nos educaron no haya sido la más apropiada. Esto genera angustia, que degenera en una resistencia al cambio, con añoranzas absurdas y lemas como “tiempos pasados fueron mejores”.

Si usáramos la frase “eran otros tiempos” con mayor conciencia, comprenderíamos que sí, era otro momento histórico con características muy particulares, y que en su momento los papás y maestros aplicaron lo que en su contexto se aceptaba como correcto. Nosotros, ahora, tenemos más herramientas, conocimientos y teorías con las cuales podemos enseñar y aprender. Los estudios, los experimentos, las teorías, como el cognoscitivismo o el constructivismo nos ayudan en nuestra labor.

 

 

La idea actual de construir el conocimiento, de hacerlo significativo, lleva en sus entrañas un proceso de descubrimiento, de inventiva, de creatividad, que lo vuelve en sí mismo algo disfrutable. El hecho de que a las generaciones anteriores se nos haya quedado la idea de que el estudio es, por fuerza, aburrido y difícil, hace que así lo reflejemos a los niños. Por eso los adultos necesitamos cambiar nuestra percepción de la misma vida; pensar que complicar las cosas a los niños es darles la idea errónea de que todo es difícil, aun las cosas sencillas.

Con lo anterior no pretendo que se dé a los pequeños toda la información procesada, sino procurarles las herramientas para que por sí mismos busquen, analicen y sinteticen los conocimientos, pero sin ponerles trampas o baches que les dificulten el proceso, porque creo que los malos ratos no se olvidan y el reparo en los errores perdura más que el conocimiento que les queremos dejar en la memoria a largo plazo. Disiento del “echando a perder se aprende”; y si ése fuera el caso, espero que en mi generación y en las anteriores quede lo “echado a perder” y los jóvenes sean el aprendizaje.

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