El oro almacenado en la oscuridad De las bóvedas blindadas, en las tinieblas de las criptas de seguridad, etimológicamente no es oro, porque no luce, y el nombre de este metal, aurum, en latín, del que proviene la voz oro, significa ‘brillante’, ‘esplendente’, ‘luciente’, como que es de la misma familia de aurora y de aureola.
Aurora, antes del rotacismo latino –fenómeno por el cual toda s intervocálica se convierte en r–, hubo de ser ausosa; en sánscrito queda documentada la forma ushas, que también significa aurora o crepúsculo matutino, como las voces griegas: abór laconio, auás eolio, aós dórico, eós jónico y éos ático, esta última la Eos mitológica, diosa del amanecer; todos estos términos proceden, en último análisis, de una raíz ush, ‘quemar’, que volvemos a hallar en el urere latino, equivalente del aueín griego: por ello lo urente es ‘lo que quema o se quema’ –nótese el rotacismo en las formas de us (comb-us-tión), que cambian a ur (comb-ur-ente). Por simple nota de información asentamos que reconocen el mismo origen: austro, el ‘viento del sur’; hélios, el sol, en griego, y la voz de genealogía germánica Este, el punto cardinal equivalente a nuestro oriente.
La poesía ha representado a la Aurora saliendo del mar en un carro áureo (resplandeciente), esparciendo con sus “rosados dedos” fresco rocío.
Aureola es el diminutivo de aureus, ‘dorado’, y se da este nombre al resplandor o nimbo que se figura detrás de las cabezas de las imágenes santas, o sobre ellas.
Volvamos al oro: orífice es el que labra tan rico metal, y son auríferos los terrenos que lo contienen; arbor aurifera era el prodigioso árbol que en el jardín de las Hespérides daba frutos de oro. Aun hoy día, los botánicos llaman hesperidios a los frutos de las plantas cítricas, como la naranja, cuyo nombre latino, aurantium, quiere decir ‘como el oro’. Aunque aquí se trata de uno de tantos casos de etimología y morfología acomodadizas, pues aurantium y sus derivados sin n inicial, como orange en francés, inglés y alemán; oranje en neerlandés, y arancia en italiano, son sólo resultas de la buena voluntad popular de dar a estas palabras la etimología del oro por el color dorado del fruto que nombran.
En realidad las formas etimológicas llevan n inicial, como nuestro naranja; naranza y naranz en italiano dialectal; laranja en portugués –nótese n sustituida por l, muy común–; neranze en valón; en medio griego, nerántzion, actual nerántzi; formas, las anteriores, derivadas del árabe naranj, que, como el indio narangi, el pali naranjo y el reciente sánscrito naranga y nagaranga, parece provenir del persa naranj, narinj, narang, nombre de este fruto, y cuya raíz, nar, significa ‘granada’. En todas las formas, la a de la raíz es larga.
Regresemos a nuestro oro y tratemos de no digredir otra vez. Perseo se llamó el aurígena porque nació de una lluvia de oro, forma que asumió Júpiter para amar a Dánae. En este escandalillo olímpico hay que saber descubrir, en la aventura del más galante de los dioses, un precioso símbolo: Júpiter, transformado en lluvia de oro, es la luz del Sol que fecunda a la Tierra, y Dánae, cuyo padre Acrisio –nótese la semejanza, en griego a-crysios es ‘sin oro’– la había encerrado en una oscura caverna, en la Tierra desolada por la calígine –oscuridad, niebla, tenebrosidad, y no calor excesivo, como creen algunos– invernal. Cuando Perseo vuelve a Argos, involuntariamente mata a Acrisio con su disco, símbolo del disco solar.
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Llama inca, c. 1400 d. C.
Guía del Museo Británico, Madrid, 2003. |
En las lenguas germánicas el oro tomó su nombre del adjetivo gótico gulth, amarillo. Por eso oro se dice gold en alemán e inglés, goud en neerlandés y guld entre los pueblos escandinavos. Con das Gold, ‘el oro’, los alemanes se pergeñaron das Geld, esto es, ‘el dinero’.