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Correo del Maestro Núm. 144,mayo 2008

Los frescos de la Capilla Sixtina
cumplen 500 años

Yolanda de la Torre

Interior de la Capilla Sixtina.
www.italianvisits.com

Diez de mayo de 1508. Hace cinco siglos. Por entonces, el italiano Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni, a quien conocemos como Miguel Ángel, contaba con 33 años y se disponía a emprender la obra de su vida: los frescos de la Capilla Sixtina, esa monumental hazaña que el arquitecto Giovanni d’Dolci tardó 13 años en construir, de 1471 a 1484: el tiempo que le tomó levantarla con las mismas dimensiones del bíblico Templo de Salomón y justo a la derecha de la Basílica de San Pedro, inmediatamente después de la Scala Regia.

La capilla no era cualquier cosa: había sido alzada a petición de un pontífice, Sixto IV, cuyos deseos eran órdenes –y de quien, además, heredó el nombre, aunque al principio se conoció como Capilla Palatina–. Hasta la fecha, es en este lugar donde se celebran los cónclaves y las coronaciones papales; de ahí sus 40.93 metros de longitud, por 13.41 de ancho, y sus 20.7 metros de altura. Acabada ya, era hora de buscar a los pintores. Y no a cualesquiera.

Cuando Giovanni d’Dolci dio por terminada su tarea, todavía faltaban 12 años para que Miguel Ángel hallara la fama en Roma. Pero el escultor, nacido en Caprese, ya contaba con las mejores amistades que le confería su estancia en Florencia, adonde su padre, Lodovico di Leonardo Buonarroti Simoni, lo envió para que estudiara gramática con el maestro Francesco da Urbino. Fue ahí y en ese tiempo donde se evidenció su talento y cuando fue inminente la deshonra de la familia: nadie que se preciara de buena crianza tenía un hijo artista. 

Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni (1475-1564).
www.gutenberg.org

Pero la suerte estuvo de su lado: el joven entró el 28 de junio de 1488 al taller de Ghirlandaio y fue su aprendiz durante ocho años; entonces, bajo la tutela de Bertoldo di Giovanni, comenzó a frecuentar el Jardín de los Médicis en San Francisco, donde paciente y detalladamente estudió antiguas esculturas, piezas de finísima factura que formaban parte de la colección de la familia. Era la época de gloria de Lorenzo el Magnífico, y éste, impresionado por los primeros trabajos del muchacho, se lo llevó con él, de 1489 a 1492, a su palacio de la Vía Larga.

En 1484 Giovanni d’Dolci había concluido la Capilla Sixtina, y Miguel Ángel había encontrado a su mecenas.

Miguel Ángel sin Lorenzo

Decíamos que a Miguel Ángel la fama lo alcanzó en Roma. En 1492, tras la muerte de Lorenzo el Magnífico y tres años a sus expensas, el artista fue a Venecia y Bolonia, y terminó por quedarse, desde 1496, en la actual capital italiana, donde inició una ambiciosa década de trabajo que incluyó numerosos viajes y la elaboración de piezas de insólita maestría como La Piedad y El David.

Mientras Miguel Ángel huía de la muerte de su protector y de Florencia, donde estaba centralizado el poder en el republicano Savonarola, comenzaron a pintarse los frescos laterales de la Capilla Sixtina con motivos bíblicos, obra que estuvo en manos de Sandro Boticcelli, Luca Signorelli, Perugino, Pinturicchio y Ghirlandaio, entre otros grandes de la época.

A principios de 1508, la cúpula lucía un cielo estrellado realizado por Pier Matteo d’Amelia que no estaba a la altura de los frescos laterales. Miguel Ángel –que para entonces era uno de los mejores rivales del gran Leonardo– recibió la tarea de hacerse cargo de ella por parte del Papa Julio II, entre marzo y abril de ese año. No le quedó más remedio que ponerse manos a la obra –ya antes su rebeldía le había costado amenazas de excomunión por parte del pontífice– y lo hizo puntualmente el 10 de mayo.

Los siguientes cuatro años, Miguel Ángel los pasó de hecho acostado: era la postura que requerían los andamios y la obra, por demás ambiciosa. Aquí al artista se le vino encima toda la formación platónica que recibió en los aposentos de Lorenzo el Magnífico: si bien debía concretarse a pintar a los apóstoles de Jesús, esta obra le pareció una propuesta pobre e interpuso una interpretación neoplatónica del Génesis que llegó a convertirse, con el paso del tiempo, en un símbolo renacentista.

Pasaron, pues, cuatro años de horizontalidad y soledad, y transcurridos éstos, junto con una caída de los andamios, comenzaron los agudos dolores de espalda, los trastornos de postura que lo acicatearon desde entonces, a pesar de su juventud, y durante toda la vida. Con estos malestares, pero con la satisfacción de haber concluido un trabajo impecable, Miguel Ángel hizo entrega de los frescos y éstos fueron presentados ante la sociedad vaticana el 31 de octubre de 1512.

El Génesis según Miguel Ángel

Detengámonos por un momento, como si paseáramos por los marmóreos laberintos de la Capilla Sixtina, y alcemos la vista hacia sus cumbres: allá, en la cúpula, se encuentra la historia testamentaria de la humanidad interpretada por un hombre. Son nueve secciones plásticas que pueden agruparse en tres trípticos: la creación del hombre (y de la mujer), su expulsión del Paraíso y la vida de Noé, aquel que con un arca se salvó del diluvio universal comandado por Dios.

Separación de la luz y la oscuridad.
www.blog.empas.com

De acuerdo con los expertos en arte renacentista, destaca en estos frescos un rasgo típico de Miguel Ángel: su visión de la naturaleza como algo que el hombre debía superar; por eso las figuras parecen atenazadas por una especie de parálisis en movimiento, como si intentaran liberarse de un corsé impuesto por fuerzas sobrehumanas. Y se aprecia, también, el íntimo amor de Miguel Ángel por la figura masculina, cuyos trazos rozan algo parecido a la perfección.

Las nueve secciones y sus motivos son los siguientes:

 

1. Separación de la luz y la oscuridad

2. Creación de los astros y las plantas

3. Separación de las aguas y la tierra

4. La creación de Adán

5. La creación de Eva

6. Caída del hombre, pecado original y expulsión del Paraíso

7. El sacrificio de Noé

8. El diluvio

9. La embriaguez de Noé.

Y a estos frescos se suma una magna obra: el Juicio Final, en visiones apocalípticas de un hombre renacentista que, en conjunto, confieren al Génesis una aguda belleza que amalgama, también, los sepulcrales temores de todo ser humano.

De la primera historia del Universo

Revisemos ahora, uno por uno, los tres trípticos que agrupan los nueve temas principales del Génesis interpretado por Miguel Ángel. En el primero, todo comienza, sin que podamos verlo, con la frase inaugural del Creador: Hágase la luz. Y, como sabemos, la luz se hizo. Pero vayamos al principio:

1. Separación de la luz y la oscuridad

Este fresco, el primero de la serie, ocupa un pequeño espacio donde Dios –un anciano de cabello celestialmente plateado y aspecto poderoso– aparece elevando los brazos hacia nubes que apenas dejan traslucir un poco de luz. El movimiento que expresa la imagen deviene de la túnica color rosa del Creador, que envuelve su silueta en una espiral aérea.

2. Creación de los astros y las plantas

De mayores dimensiones, el fresco muestra a Dios en dos posiciones: en la de la derecha, el Creador, con entrecejo fruncido y porte imponente, roza con cada mano el Sol y la Luna en una pose que sugiere que gira hacia nosotros mientras cuatro ángeles situados detrás de él juguetean con sus ropajes y parecen recordarle su siguiente misión: las plantas. En la de la izquierda, Dios, de espalda, se dirige a tierra firme, donde ya hay flora: un mínimo paisaje creado para dar relevancia a su majestuosa efigie.

3. Separación de las aguas y la tierra

Dios, con apariencia hercúlea, mira hacia abajo y admira su creación: con las manos en alto y flanqueado por dos ángeles que juguetean con su túnica, parece regocijarse en la perfección de su obra. Hacia abajo, una mancha azulada hace pensar en el mar. Pero lo que sobresale son las enormes manos de Dios, que infunden respeto y sumisión. Son las manos con que llevará a cabo, en el siguiente tríptico, su creación.

Adán y Eva

Esta segunda serie manifiesta la humanidad de Dios –más cercano a sus imperfectos hijos– y el pecado de los hombres, representados por un Adán y una Eva perpetuamente desnudos.

1. La creación de Adán

Con mucho, uno de los frescos más bellos y famosos de la cúpula, reproducido innumerablemente desde hace 500 años: a la izquierda, Adán, un hombre joven de perfecta desnudez, extiende débilmente la mano para alcanzar con un dedo la de Dios. A su lado, en la derecha, el Creador, rodeado de un breve séquito de ángeles y querubines, y con aire de suprema fortaleza, se extiende hacia Adán para insuflarle vida. Se busca aquí expresar la suavidad y debilidad humana, en contraste con la fuerza de la divinidad, expresada en trazos fuertes y colores tenues; diríase, acaso, que apagados. Los mismos que Miguel Ángel usó toda su vida.

La creación de Adán.www.wikipedia.org

 

2. La creación de Eva

Éste es el primer fresco en el que Dios está de pie sobre la tierra con apariencia un poco más humana, pero aún imponente: mirando la desnudez de una Eva suplicante, Dios parece a punto de bendecirla. Cualquiera diría que conversan mientras Adán, dormido y desnudo al lado de un tronco, pero ya no desvalido, reposa al frente de un calmado horizonte marino.

3. Caída del hombre, pecado original y expulsión del Paraíso

Esta escena está dominada por seis figuras: a la izquierda, Adán y Eva desnudos. Adán es un hombre maduro y musculoso; Eva luce casi masculina. Ella estira la mano para tomar la manzana que le ofrece Satanás, la serpiente enroscada en el árbol que de la cintura para arriba luce como lo que fue: un ángel caído; mientras, Adán se inclina hacia el árbol para tomar uno de sus frutos de sabiduría. A la derecha están las consecuencias: un ángel no tradicional –no al menos como los exhibe el imaginario cristiano–, vestido de rojo, apunta al cuello de un Adán triste y envejecido que con una Eva de rostro angustiado se aleja del Paraíso. Y éste parece todo menos un lugar paradisiaco: cualquiera diría que se trata de una llanura tan lóbrega como el pecado original.

La historia de Noé

En esta serie, Miguel Ángel les complicó la vida a los expertos, quienes se preguntan por qué no comenzó el tríptico en orden bíblico, es decir, con el diluvio universal, en lugar de empezar con el sacrificio de Noé. El misterio se lo llevó a la tumba.

1. El sacrificio de Noé

Después del diluvio vino el sacrificio de Noé a Dios por haberle salvado la vida: un hombre viejo con túnica roja situado detrás de una roca que le sirve de fogón para el rito. Noé levanta la mano hacia el cielo, en señal de agradecimiento; una anciana a su lado, posiblemente su esposa, se vuelve a él como si murmurara algo. Otra mujer, a su derecha, mete una rama al fuego evitando mirar al carnero sacrificado. Del lado derecho del tríptico, un hombre carga leña, y otro, desnudo, mata a un carnero y le da las vísceras a uno más para que las arroje al fuego, mientras otro compañero, desnudo también, aviva las llamas. A la izquierda del tríptico, un joven arrastra a otro carnero hacia su fin. Se trata de una escena que parece insinuar el contexto sacrificial de Cristo, el cordero de Dios y el Verbo encarnado.

El diluvio.
www.blog.empas.com

 

2. El diluvio

De las nueve escenas que Miguel Ángel pintó en la bóveda, ésta es la que cuenta con mayor cantidad de figuras: más de 60. En una bruma grisácea que inspira desolación, hacia la izquierda, en medio del agua, un grupo de gente asustada y desnuda desfila sobre un pequeño cuerpo de tierra buscando una salvación que no encontrará. Una roca sobresale en la inundación. Muchas personas se aferran a ella. Una canoa se hunde como símbolo inevitable de desesperación. Al fondo, el arca: una brillante alegoría de la Iglesia, con más apariencia de templo que de barco. Símbolo de la salvación, este pasaje muestra a los habitantes de tiempos remotos intentando salir de su propio mar: el del pecado.

3. La embriaguez de Noé

Hubo un día en que Sem, Cam y Jafet, los hijos de Noé, lo hallaron ebrio y, en versión de Miguel Ángel, también desnudo. A la izquierda, Moisés siembra una viña. Cam intenta cubrirlo mientras sus hermanos discuten qué hacer, ellos medianamente cubiertos. Sin mayores significados alegóricos, este fresco sirve acaso para interpretar otro de los temas fundamentales del cristianismo: la encarnación, simbolizada aquí por la embriaguez a causa de la sustancia de Dios.

Profetas y sibilas

Fueron nueve piezas en cuatro años de místico dolor de espalda. Pero Miguel Ángel aún hubo de esforzarse más para ir de los orígenes del mundo hasta su fin. En frescos laterales se vieron sibilas y profetas sentados sobre tronos de piedra: ahí está Jonás, el que vivió en el vientre de una ballena; Daniel, el profeta a quien Dios protegió de un león; Isaías, Ezequiel y Jeremías, profetas mayores. Y aparecen también sus más cercanas competidoras en términos adivinatorios: las sibilas líbica, cumana, eritrea, délfica y pérsica. Casi se podría, con ellas, trazar un mapa de los antiguos pueblos del fértil creciente. Mas no era la intención de Miguel Ángel.

Debajo de ellos destacan cuatro historias del pueblo de Israel: la serpiente de bronce; David y Goliat –sin duda la más conocida–; el castigo de Amán, y Judith y Holofernes. Y con esto concluido, todavía le faltaba a Miguel Ángel y a su profunda religiosidad la obra suprema, la que le inspiró el Apocalipsis: el fresco del Juicio Universal, realizado entre 1535 y 1541.

En esa fecha, 1541 –cosa que no anunciaron profetas ni sibilas– a Miguel Ángel le quedaban 23 brillantes años de vida que culminaron en Roma. Pero ésa, a 500 años de distancia, es otra historia.

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