Tras leer el libro La línea, de Beatriz Doumerc y Ayax Barnes, un lector acucioso tendría que comenzar por preguntarse si este libro define (o describe o dibuja, pues “las líneas” de su discurso no están trazadas de una forma tajante) a los hombres como puntos, a los puntos como hechos o a la historia como línea.
Una conclusión provisional podría plantear que la obra de Doumerc y Barnes hace comprender que en el principio fue el punto y después el caos de las líneas, que éstas existen en todas partes y que en general no nos damos cuenta de su presencia, aunque sean un elemento fundamental de nuestro universo y de la construcción de nuestra cultura, por lo menos de aquella que se expresa mediante un código visual.
El lector también se preguntaría si, como anuncia la contraportada, se trata de un libro divertido y a la vez serio, o si corre el riesgo, como “el hombrecito” del libro, de terminar enredado en la línea, pero en una que no corresponde a la que traza la obra de Doumerc y Barnes, sino en otra construida a partir de una sucesión de inercias llamada hábitos mentales, que dificultan reunir en un acto el juego y la reflexión, como proponen los autores de La línea.
Parece natural pensar, a partir de una obra tan sencilla como ésta, que para un dibujante la línea sea el elemento básico de su lenguaje, el intermediario de su expresión, como la palabra, y que funciona de manera similar que para el lenguaje articulado, ya sea expresado en forma oral o escrita, para dar una forma al mensaje; además, La línea va más allá, porque también propone, de una manera sutil, una reflexión acerca de sí misma, como creación cultural humana. Así, se podría decir que estamos ante una obra metalingüística, aunque esto quizás asuste, pues no es lo que se espera de un libro para niños.
Sin embargo, la anterior reflexión es producto de la lectura breve pero sustanciosa de este diálogo entre la línea (las imágenes) y las palabras, que también reúne las cualidades propuestas por Italo Calvino para cualquier obra de creación del nuevo milenio: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad,1 a lo que podríamos agregar: consistencia.
Asimismo, tendríamos que añadir lo que se desprende de su propia historia: este libro fue publicado originalmente en 1975 (fue el segundo de Beatriz, de más de una treintena que ha prohijado desde entonces), tras obtener el Premio Casa de las Américas, de Cuba. Aun así, podemos señalar otras dos virtudes de esta obra: la de conservarse joven (lo que es un gran mérito para un libro) y la de moverse otra vez con libertad.
Porque después de La línea sus autores fueron perseguidos en su país natal, Argentina, por los militares que se apoderaron del gobierno y enredaron y retorcieron las líneas de toda la nación entre 1976 y 1983, y sus libros fueron prohibidos y quemados, porque pecaban de una “ilimitada fantasía” y, encima de eso, decían esos militares metidos a gobernantes que desaparecieron a 30 mil personas, agraviaban “a la moral, a la Iglesia, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone”.2
Así, Beatriz y Ayax abandonaron su país y se fueron a vivir a Uruguay, Italia y España, donde siguieron publicando libros para niños y a veces recibiendo premios como los Apelles Mestre, Linder-Emme Edizione y Lazarillo.
Obra de fronteras
Con la levedad que da un trazo sencillo, con la multivocidad de signos que convoca, de lenguajes que dialogan en este universo de sistemas significantes que Iuri M. Lotman llama la “semiósfera”,3 La línea es una obra de fronteras: en ella dialogan el niño y el adulto respecto a esa línea de significados múltiples, de la que parte la obra para plantear, como en un juego, una seria reflexión sobre el destino humano:
Línea: sucesión de puntos.
Historia: sucesión de hechos.
Los puntos hacen la línea.
Los hombres hacen la historia. |
La línea habla distintos lenguajes: es un espacio de fronteras, una linde entre el hombre y sus signos, entre el hombre y su universo. Los paralelismos de los que parten Doumerc y Barnes están basados en ese sencillo trazo y en esa sencilla palabra. Con líneas y un punto en color negro se dibuja al hombrecito, protagonista de este libro y representante de personajes infantiles o adultos, según sea la perspectiva del lector. La línea exterior al hombrecito, con la que se traza todo que está fuera de él, en un sencillo color azul, representa, además de los objetos materiales con los que destruye o construye, líneas de la mano, línea de vida, destino, historia.
Y, sin embargo, La línea es (según las categorías habituales) un libro para niños. Un libro para niños que traza una línea para compartir, que crea un espacio para dialogar, para significar.
Como en las obras de Pedro Calderón de la Barca, donde todo es sueño o los hombres tienen talentos y virtudes para representar en la vida, en este libro un hombrecito representa a la humanidad, y la línea, todas las posibilidades que la vida ofrece para construir o destruir, para aislarse o compartir; tal es el drama y la hazaña representados en un pequeño libro infantil.
1 Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela, Madrid, 1994.
2 Los libros infantiles prohibidos por la dictadura militar en Argentina. Fragmentos del fascículo: Un golpe a los libros (1976-1983), http://www.imaginaria.com.ar/04/8/prohibidos.htm.
3 Iuri M. Lotman, La semiósfera I. Semiótica de la cultura del texto, Frónesis/Cátedra/Universitat de Valencia, Madrid, 1996.
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| *Reseña del libro La línea, de Beatriz Doumerc y Ayax Barnes, Signo Editorial, México, 2005. |
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